Igvar, Martillo de Guerra/ Cap XII

**Los que se quedaron atrás** Los incendios sólo habían dejado el esqueleto de la aldea de Ubersreik y el olor de la madera calcinada aún persistía en el aire cargado de humo. Un centenar de personas se había establecido aquí y ahora todas estaban muertas. Lobos en busca de supervivientes atravesaban con pasos silenciosos la aldea desierta y había cuervos posados en todos los tejados. Igvar entró en el lugar sobre su caballo gris y sintió que lo invadía una inmensa tristeza mientras asimilaba la escena de devastación. El olor a descomposición dejaba una sensación empalagosa en el aire he Igvar escupió un poco de flema hacia el suelo pisoteado. Wolfgart y Pendrag cabalgaban a su lado y treinta jinetes los seguían mientras se adentraban en la aldea, una cuarta parte de los que se habían quedado atrás después de que el ejército del rey Tryndamere y el ejercito de su padre hubieran partido al norte septentrional un mes antes. Mirara donde mirase, Igvar veía muerte. Familias enteras habían sido masacradas en sus casas, los habían matado a cuchilladas en un frenesí de sangre y luego los habían arrastrado fuera y los habían desmembrado. Los animales yacían en montones podridos con los cráneos partidos y había media elnuk en el centro del camino. —¿Quién ha hecho esto? —preguntó Wolfgart, su rabia y angustia eran evidentes—. ¿Osunos? Igvar negó con la cabeza. —No. —Pareces muy seguro de ti mismo amigo—apuntó Pendrag. Su voz sonaba menos tensa aunque Igvar podía sentir la indignación bajo el control de su amigo—. Esto parece obra de la Garra Invernal. —No lo es —aseguró Igvar—. Los osunos de la Garra Invernal no dejan cuerpos tras ellos cuando se adentran tanto en nuestras tierras. Se alimentan de ellos. Ademas no hay ni un rastro de osunos a los alrededrores. Por muy asqueroso que sea esto, es demasiado ordenado para la Garra Invernal. El rostro de Pendrag era una máscara de asco cuando se apartó de los cuerpos ennegrecidos y brutalizados amontonados en la entrada de una casa calcinada. —Entonces ¿qué? —preguntó Wolfgart—. ¿Crees que esto lo han hecho hombres? ¿Qué clase de hombre mata mujeres y niños con tal salvajismo? —¿Berserker? —sugirió Pendrag—. Se dice que los turingios emplean guerreros que beben un aguardiente que los empuja a un enloquecido frenesí durante la batalla. —No creo que el Patriarca Otwin de los turingios hubiera permitido tal matanza —dijo Igvar—. Se dice que es un hombre duro, pero nada de lo que he oído de él me hace pensar que sus guerreros tuvieran nada que ver con esta... carnicería. —Los tiempos han cambiado —apuntó Pendrag—. ¿Sigue Otwin liderando sobre los turingios? —Que yo sepa —contestó Igvar—. No he oído que nadie más haya ocupado su lugar como patriarca de las estepas del sur. Ademas , el patriarca esta en conflicto con la matriarca Ashe....... Y aun asi me sorprende que halla atacado sus fronteras y las nuestras. —Entonces tal vez algún nuevo jurasangre le esté dando un castigo ejemplar a este lugar —sugirió Pendrag. —No lo creo —respondió Wolfgart—. Los jurasangre de algunas tribus no atacan por frenesi y locura asesina, ellos habrían saqueado este lugar, y ademas ¿por qué reducir el lugar a cenizas? No puedes robarle a la gente la siguiente estación si los matas. Igvar detuvo a su lobo en el centro de la aldea devastada mientras se volvía en la silla para asimilar en toda su extensión la masacre y destrucción que lo rodeaban. La desesperación lo invadió mientras pensaba en la gente que había muerto aquí. Cómo debían de haber gritado cuando las llamas y el enemigo los atraparon. Se imagino la masacre y la muerte, las madres abrazando a sus hijos y los hijos llorando, hasta que les llego el fin. —¿Por qué no lucharon? —preguntó Wolfgart, cabalgando a su lado. —¿Qué quieres decir? —inquirió Igvar. —No hay espadas entre las ruinas. Nadie intentó rechazarlos. —Sólo eran granjeros y criadores de Elnuks—señaló Pendrag. —Seguían siendo hombres —replicó Wolfgart bruscamente—. Podían haber luchado para defenderse. Veo hachas y unas cuantas guadañas, pero nada que me haga pensar que alguien luchara. Si un hombre viene a tu casa con intención de matarte, te cargas a ese cabrón. O al menos te enfrentas a él como puedas, con un cuchillo de trinchar, un hacha o los puños. —Tú eres un guerrero, hermano —dijo Igvar—. Llevas la lucha en la sangre, pero estas personas eran granjeros, sin duda agotados tras un día en los campos. Los atacantes se les echaron encima de noche y nuestra gente no tuvo ocasión de defenderse. Wolfgart negó con la cabeza. —Un hombre siempre debería estar preparado para luchar, granjero o guerrero. —Contaban con nosotros para que los protegiéramos y les fallamos —repuso Igvar. —No podemos estar en todas partes a la vez, amigo mío —dijo Pendrag mientras se quitaba el yelmo—. Nuestras tierras son demasiado extensas para patrullarlas con los pocos guerreros que nos quedan. —Exacto —coincidió Igvar—. Fue una arrogancia por nuestra parte suponer que podríamos proteger nuestras fronteras con los avarosanos, aun asi, Wolfgart tiene razón, todo hombre debería estar preparado para luchar. Nos hemos asegurados de que cada guerrero de nuestras tierras tenga una espada, pero deberíamos asegurarnos de que cada hombre tenga una espada. —Tener una espada está muy bien —opinó Wolfgart—. Contar con la habilidad para usarla..., eso es otra cosa. —Así es, amigo mío —respondió Igvar—. Necesitamos poner en marcha un sistema de adiestramiento en nuestras tierras de modo que todos los hombres y mujeres sepan cómo blandir una espada. Cada aldea fronteriza debe mantener un cuerpo de guerreros para defenderla de tales ataques. —Eso llevará tiempo —apuntó Pendrag—. Si es que es posible. —Debemos hacerlo posible —insistió Sigmar—. ¿De qué sirve un imperio si no podemos defenderlo? Cuando mi padre regrese haremos planes para establecer un sistema para reclutar tropas, el ex/garra invernal Thorfinn entrenara a los campesinos. Tienes razón, Pendrag, nuestro territorio es demasiado grande para defenderlo con un ejército, así que cada aldea deberá ocuparse de su propia defensa. La discusión se zanjó cuando Cuthwin y Svein salieron del bosque en el borde norte de la aldea y se dirigieron hacia los tres guerreros. Por la expresión de Svein, pudo comprobar que la sospecha que se había estado formando en su mente había sido acertada. Los dos exploradores se acercaron he Igvar se deslizó del lomo de su caballo mientras Svein, de facciones bien marcadas, se ponía en cuclillas y hacía un bosquejo en la tierra. —Puede que unos cincuenta jinetes, mi señor—informó Svein—. Llegaro al oeste justo mientras se ponía el sol. Atravesaron la aldea quemándolo todo a su paso. Otro grupo llegó del este y atrapó a los que huyeron. A la mayoría los mataron al aire libre, pero al resto los empujaron de nuevo hacia sus casas y los quemaron vivos dentro de sus yurtas. —¿Adonde fueron los asaltantes después de matar a todo el mundo? —quiso saber Igvar. —Al oeste —contestó Cuthwin—, siguiendo la línea del bosque hacia la costa. —Pero no mantuvieron ese rumbo, ¿verdad? —No, mi señor —coincidió Cuthwin—. Después de cinco kilómetros más o menos acortaron hacia el norte siguiendo el río. —Buen trabajo —los felicitó Igvar mientras se ponía en pie y se limpiaba la ceniza de las calzas de lana. —Tú sabes quién hizo esto. ¿Verdad? —dijo Pendrag. —Tengo una idea —admitió Igvar . —¿Quién? —quiso saber Wolfgart—. ¡Dínoslo y caeremos sobre ellos con las espadas y las hachas desenvainadas! —Creo que lo hicieron los teutógenos —contestó Igvar. —¿Los teutógenos? ¿Por qué? —preguntó Wolfgart. —El rey barbarbo Artur sabe que mi padre ha ido al norte septentrional con su ejército y está aprovechando su ausencia para poner a prueba nuestra fuerza —explicó Igvar—. Parece la conclusión lógica. —¡Entonces incendiaremos una de sus aldeas y le enseñaremos lo que significa atacar a los ellisif! —gruñó Wolfgart. Igvar se enfureció con su amigo, la rabia destellaba en sus ojos mientras hacía un gesto con la mano en dirección a los cuerpos quemados y mutilados. —¿Quieres que le hagamos esto a una aldea teutógena? ¿Matarías mujeres y niños en nombre de la venganza? —¿Dejarías este acto de barbarie sin respuesta? —cuestionó Wolfgart. —Artur pagará por esto —aseguró Igvar—, pero no ahora. No contamos con los efectivos para castigarlo y no le daremos una excusa para lanzarse contra nosotros en mayor número. Mientras el ejército ellisif siga en el norte septentrional, debemos tragarnos nuestro orgullo. —¿Y cuando regrese tu padre? —inquirió Wolfgart. —Entonces habrá un ajuste de cuentas —prometió Igvar. ------------- El rey Urik se puso la blanca capa de piel de lobo alrededor de los hombros, entumecido hasta los huesos por el frío del norte septentrional y el cortante viento que lograba abrirse paso hasta su carne, por muy bien que se cubierta con pieles. Tan al norte, el clima y el paisaje era muy diferentes de las primaveras cálidas y los invierno voraces de sus tierras como la noche del día. Aquí, la gente moraba en una tierra de pinos oscuros, valles escarpados y brezales azotados por el viento donde sólo los más decididos sobrevivirían. La gente del nor--este soportaba veranos escasos e inviernos de tal ferocidad que aldeas enteras morían durante la noche, enterradas en tormentas de nieve que las borraban de la faz del mundo. Climas tan rigurosos que imposible sobrevivir sin una voluntad de hierro, sin embargo, producían gente fuerte, y los habitantes del norte septentrional habían impresionado a Urik con su coraje y tenacidad ante los invasores norses. El rey de los ellisif atravesó el campamento de los ejércitos aliados sonriendo y elogiando el valor de cada grupo de guerreros que dejaba atrás. Los salvajes querusenos bramaban su victoria, los berserker del rey tryndamere aullaban como bestaisas salvajes, y los guerreros taleutenos bebían licores fuertes destilados de cereales mientras hablaban de todas las cabezas que se habían cobrado en la batalla. Casi siete mil guerreros habían marchado a la batalla. Cerca de un millar de ellos se había quedado en el campo de batalla, como comida para los cuervos y la tierra. Cientos más gritaban de dolor mientras los curandores cumplían con la sangrienta labor de salvar a los heridos. Hileras irregulares de tiendas llenaban el valle, aunque la mayoría de los guerreros dormían envueltos en gruesas pieles junto a los cientos de fogatas que salpicaban el terreno como estrellas que hubieran caído a la tierra. Thorfinn nuevo paladin del rey habia demostrado su valia en el campo de batalla y ganado la confianza de los ellisif y caminaba junto al rey ataviado de la cabeza a los pies con una armadura de bronce y un yelmo con la visera levantada con la forma de un lobo gruñendo. El paladín de Björn llevaba un abrigo idéntico de piel de lobo blanco, un regalo de su padre, el jurasangre Thorsteim cuando Tjorfinn era un crio. Tras los dos hombres avanzaban diez guerreros armados con pesados martillos de guerra, petos pintados de rojo y las largas barbas peinadas en gruesas trenzas al estilo de los taleutenos. Estos hombres estaban tan seguros de sus habilidades que no se dignaban a llevar yelmos y no portaban escudos. Urik sabía que no se equivocaban al depositar tanta confianza en sí mismos. Estos hombres le habían salvado la vida al menos tres veces en el campo de batalla, aplastando cráneos norses o derribando a grandes monstruos con sus poderosos martillos mientras se acercaban al rey. Todos los miembros del séquito de Urik llevaban la capa de piel de lobo negro y banco y ya se susurraba que estos guerreros estaban dotados con la fuerza del Rey Dios. Las fuerzas de los norses habían penetrado mucho tierra adentro y la capital del patriarca Wolfila de los udoses estaba sitiada en su ciudad fortaleza costera. Aún habría que derramar mucha sangre para obligar a los norses a regresar al mar. Hasta entonces, los habían hecho retroceder, pero estos encuentros habían sido meras escaramuzas, un calentamiento antes de la gran batalla que se había librado en las estribaciones de hielo al este de las montañas Centrales. El ejército de los norses era salvaje y fiero, pero le faltaba la disciplina de las tribus avarosanas. Los dos reyes y los dos patriarcas habían formado a sus ejércitos en una gran hueste y la dirigían con el ejemplo, cabalgaban hacia donde la batalla era más encarnizada y exhortaban a sus guerreros a demostrar una bravura inimaginable. Los siete mil guerreros de los reyes del sur combatieron contra seis mil asesinos de ojos fríos procedentes de los reinos del norte septentrional y los saqueadores de armadura negra del otro lado del mar. Hordas de guerreros berserker cubiertos de creta pintada y sangre, con el pelo de punta y cadenas a las que daban vueltas cargaron desde las filas del enemigo gritando espantosas invocaciones a sus Dioses Oscuros. Andanadas de flechas avarosanas acabaron con esos locos, pero los sabuesos babeantes con el pelo apelmazado por la sangre y los carnotauro aullantes no habían caído tan fácilmente. Causaron horribles estragos en la línea aliada con sus colmillos amarillentos que arrancaban gargantas y apéndices dotados de armas que hacían pedazos a una docena de hombres con cada golpe. Urik recordó el terrible momento en el que una cuña a la carga, formada por jinetes oscuros sobre nauglirs negros que no paraban de chillar, se estrelló contra la brecha que habían abierto los sabuesos. Muchísimos hombres habían muerto bajo sus lanzas negras o aplastados bajo la incontenible furia del ataque. No obstante, los salvajes querusenos habían cargado sin pensar contra la masa de jinetes con armadura y los habían arrancado de sus sillas, mientras los guerreros ellisif despachaban con denuedo a los guerreros caídos con golpes de hacha brutalmente eficientes. La batalla se había alimentado con una furia creciente por ambos lados, cada momento traía un nuevo horror de las filas enemigas. No obstante, el valor de los hombres del sur se había mantenido firme. A medida que trascurría el día, los ataques de los norses se volvieron menos severos y Urik sintió que la línea enemiga cedía en algunos puntos. Los aliados habían avanzado formando una silenciosa masa de hachas y espadas, con los jinetes taleutenos cabalgando alrededor de los flancos del enemigo y los avarosanos hostigándolos con disparos de arco mortalmente certeros. Los guerreros ellisif golpearon la línea de los norses y la empujaron hacia atrás como si fuera un arco encordado, matando guerreros enemigos por docenas. Dándose cuenta de que había llegado el momento de hacer sentir su presencia, Tryndamere había ordenado que su estandarte de su reyna avanzara y había atacado sosteniendo su gran espada en alto sobre la cabeza para que todos sus guerreros lo vieran. Los patriarcas de los taleutenos y los querusenos vieron el ataque de Tryndamere y el aire se llenó de toques de cuernos y sones de tambor mientras los reyes del sur y el este cabalgaban a la batalla. Cientos de jinetes lobunos se estrellaron contra el ejército de los norses, matándolos a montones y dispersándolos como paja al viento. Una gran ovación llenó el valle y dio la impresión de que el destino de los norses estaba escrito, que sus guerreros estaban sentenciados. Entonces, un caudillo norse con armadura roja y un yelmo astado cabalgó por las primeras líneas de la batalla bajo un estandarte rojo sangre. Montaba un nauglir oscuro con ojos como hornos encendidos y restableció el orden en su ejército, que emprendió entonces una retirada disciplinada del valle. El ejército aliado no contaba con los efectivos ni la cohesión para perseguirlos, y Urik escuchó apesadumbrado cómo sus exploradores le informaban de que las tribus olvidadas se habían reagrupado más allá del horizonte y se estaban replegando de forma ordenada hacia una cordillera de espesos bosques. Esa noche, los ejércitos de los dos reyes y los dos patriarcas descansaron y comieron bien, pues todos sabían que aún había que seguir luchando y muriendo. Durante días los aliados habían hostilizado a los hombres del norte, tratando de provocarlos para que atacaran desde su baluarte defensivo; pero el temor al gran caudillo había mantenido su ferocidad natural bajo control y ni siquiera los insultos salvajes y desafiantes de los arqueros avarosanos pudieron sacarlos de su posición. El problema de cómo proseguir la campaña contra los hombres del norte era algo que desconcertaba profundamente a los comandantes del ejército aliado, y se habia convocado a un consejo de guerra para responder a las dudas y las incomodidades de los presentes. —Krugar querrá atacar al amanecer, al igual que Aloysis —comentó Alfgeir mientras se aproximaban a la tienda de los reyes, rodeada de guerreros armados y antorchas encendidas. —Ya lo sé, y parte de mí también quiere —contestó Björn. —Atacar esa ladera será costoso —añadió Thorfinn, quien se habia ganado la confianza de Alfgeir para hablar abiertamente, hasta que llegaron a la tienda del rey Aloysis—. Morirán muchos hombres. Y muchs otros se quedaran atras. —También sé eso, Thorfinn, pero ¿qué alternativa tenemos? —preguntó Björn. Y solo por ese instante el ambiente se volvio en un silencio absoluto. Thorfinn sopeso sus convicciones, estuvo apunto de protestar, pero por algun raro motivo no lo hizo. Y con aquel silencio tan repentino se marco el dicho de aquellos que se quedaron atras.
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