Igvar, martillo de Guerra/ Libro III---- CAP XV

_"Poderoso es Igvar, aquel que atravesó el reino de la muerte."_ _"Poderoso es Igvar, aquel que se enfrento al rey Brujo."_ _"Poderoso es Igvar, aquel que hirió a {{champion:82}} Mordekaiser."_ **Primer cántico de Canuto, escaldo del Rey Lobo** ---------------------------------- Igvar se levantó descansado y alerta, con los últimos rastros de un sueño sobre su padre pegados a él, pero suspendidos justo fuera de sus recuerdos. Respiró hondo y dirigió la mirada hacia la forma dormida de Dalenna a su lado. La joven tenía el hombro destapado, la manta de piel había resbalado durante la noche, y él se inclinó para besarle la piel bronceada. Ella sonrió, pero no se despertó, y Igvar salió de la cama para recoger su ropa. Cogió unos trozos de pollo de un plato que había en la mesa delante de la chimenea, dándose cuenta de pronto de lo hambriento que estaba. Él y Dalennahabían preparado algo de cenar, pero cuando Gideon los dejó solos, sus pensamientos habían pasado a otros apetitos que necesitaban satisfacer y no se lo habían comido. Se sentó a la mesa e interrumpió su ayuno sirviéndose un poco de agua y enjuagándose la boca. Dalenna se agitó he Igvar sonrió con satisfacción. Su mente estaba menos llena de pensamientos de guerra y de las preocupaciones por su gente, pero el asunto de gobernar un territorio no cesaba para ningún hombre, hijo de rey o no. Por un momento, anheló los tiempos más sencillos de su juventud, cuando con lo único que soñaba era con luchar contra invasores y ser como su padre. No obstante, ya había dejado atrás esos sueños de niñez, por supuesto su infancia la recordaba a manos de otra tribu, aveces tenia la imagen de una mujer, quiza ella fuera su verdadera madre, pero no, aquellos recuerdos los había reemplazado por otros más ambiciosos donde su gente vivía en paz con hombres buenos para guiarlos y había justicia para todos. Negó con la cabeza para librarse de pensamientos tan grandiosos, contento por ahora con ser simplemente un hombre que se acababa de despertar junto a una mujer hermosa y con el estómago lleno. Dalenna se dio la vuelta y apoyó la cabeza en un codo. Tenía el cabello oscuro alborotado y con el mismo aspecto que la melena de un berserker. La idea lo hizo sonreír y ella le devolvió el gesto mientras apartaba las mantas y atravesaba desnuda la habitación para coger su capa esmeralda. —Buenos días, mi amor —la saludó Igvar. —Ya lo creo que son buenos —contestó ella—. ¿Ya estás descansado? —Estoy como nuevo —dijo Igvar, asintiendo con la cabeza—, aunque sólo El Rey Dios sabe por qué. ¡No me dejaste dormir mucho, mujer! —Muy bien —sonrió Dalenna—. Te dejaré tranquilo la próxima vez que compartas mi cama. —Ah, vamos, no quería decir eso. —Bien. Igvar apartó el plato de sobras de pollo mientras Dalenna comentaba: —Me apetece nadar. Deberías venir conmigo. De pronto la mujer entrevió la sombra de una duda en la mirada de Igvar. —Bueno......No sé nadar —repuso Igvar— y, por desgracia, tengo cosas de las que ocuparme hoy. De aquí a dos días llegaran tribus aliadas de mi padre, creo que un patriarca del norte profundo llamado Vulvain, Garra Implacable. —Yo te enseñaré, ademas eso sera por dos dias —se ofreció Igvar, abriéndose la capa para exhibir su desnudez—. Y si el futuro rey no puede tomarse tiempo para sí mismo, ¿quién puede? Vamos, conozco una charca al norte donde un afluente del Reik pasa por una pequeña cañada apartada. Te encantará. El sol cae con mas frecuencia por ahí. —Muy bien —concedió Igvar, extendiendo las manos en señal de derrota—. Por ti, lo que sea. Se vistieron rápidamente y metieron un poco de pan, pollo y fruta en una cesta. Igvar se ajustó el cinto de la espada, pues había dejado a Ghalahad en la casa larga del rey, y los dos partieron, cogidos de la mano, a través de Reikdorf. Igvar saludó a Wolfgart y Pendrag, que estaban adiestrando guerreros en el Campo de Espadas, mientras se dirigían a la puerta norte. Los guardias los saludaron con la cabeza cuando atravesaron la puerta, dejando paso a carromatos de mercancías tirados por gigantesco elnuks de pelo largo y mercaderes ambulantes de las tribus avarosanas. Los caminos que conducían a Reikdorf estaban muy concurridos y los guerreros apostados en las murallas tenían mucho trabajo inspeccionando a aquellos que deseaban entrar a la ciudad del rey. Un lobo aulló a lo lejos he Igvar sintió que un escalofrío le recorría la espada. Igvar y Dalenna abandonaron pronto el camino y la zona donde podían ser vistos desde Reikdorf y se adentraron en el bosque en dirección al sonido de agua cayendo. Los pasos de Dalenna eran seguros mientras se encaminaba hacia un valle aislado de la nieve donde una estrecha franja de agua plateada se derramaba desde las laderas que rodeaban Reikdorf hacia el imponente Reik. Los árboles estaban muy separados ahí, aunque aún seguían sin verlos desde el camino, y una pantalla de rocas sobresalía del suelo como antiguos dientes delante de una ancha charca situada en la base de una pequeña cascada. La charca era profunda, pero Dlenna se sacó el vestido y se zambulló trazando una senda recta a lo largo la superficie del agua. Salió a la superfície y sacudió la cabeza mientras se mantenía a flote con las piernas para apartarse el cabello de los ojos. —¡Vamos! —exclamó—. Métete en el agua. —Parece fría —dijo Igvar. —Es vigorizante —repuso Dalenna mientras recorría toda la longitud de la charca con brazadas fuertes y ágiles—. Te despertará. Igvar dejó la cesta de comida en el borde del claro. —Ya estoy despierto. —¿Qué ven mis ojos? —se rió Dalenna—. ¿El poderoso Igvar le tiene miedo a un poco de agua fría? Él negó con la cabeza, se desabrochó el cinto de la espada y lo dejó caer junto a la comida mientras se quitaba las botas y se sacaba el resto de la ropa. Se puso en pie y se acercó al borde de la charca disfrutando de la sensación del agua vaporizada procedente de la pequeña cascada salpicándole la piel. Había un cuervo posado en la rama de un árbol situado frente a Igvar. Saludó con la cabeza al cuervo pues daba la impresión de que éste lo contemplaba con silencioso interés. —Trinovantes, mi hermano vio un cuervo la noche antes de que partierais hacia Astofen —dijo una voz a su espalda. Igvar fue a coger su espada antes de darse cuenta de que la había dejado con la comida. Se volvió y se relajó al ver a Gideon de pie en el borde del claro. Sin embargo, supo de inmediato que algo iba mal. Las ropas de Gideon estaban cubiertas de barro y manchadas de negro. Tenía las botas destrozadas y el jubón de cuero de elnuk rasgado y harapiento. El hermano de Dalenna tenía el rostro pálido, círculos oscuros debajo de los ojos y el cabello negro —que normalmente se peinaba con tanto esmero— colgando alrededor de la cara en mechones enmarañados. —¿Gideon? —comenzó, dándose cuenta de pronto de que estaba desnudo—. ¿Qué ha pasado? —Un cuervo, eso es lo que pasa, Igvar —repitió Gideon—. Apropiado, ¿no lo crees? —¿Apropiado para qué? —preguntó Igvar, confundido por el tono hostil de la voz de Gideon. Con el rabillo del ojo pudo ver que Dalenna regresaba nadando a la orilla y dio un paso hacia Gerreon. Su inquietud aumentó cuando Gideon se situó entre él y su espada. —Que los dos veáis cuervos antes de morir. —¿De qué estás hablando, Gideon? —exigió Igvar—. Me estoy cansando de esta tontería. —¡Tú lo mataste! ¡Tu lo enviaste a su muerte!—gritó Gideon, desenvainando su espada. —¿Matar a quién? —preguntó Igvar—. Lo que dices no tiene sentido. —Ya sabes a quién —dijo Gideon—. A Trinovantes. Tú mataste a mi hermano y ahora yo voy a matarte a ti, Igvar. Igvar supo que debía retroceder, saltar al agua y dirigirse río abajo con Dalenna para ponerse a salvo; pero la suya era sangre de reyes, y los reyes no huían del combate, ni siquiera los que sabían que no podrían ganar. No sabia que esa elección le costaria la vida. Gideon era un consumado espadachín he Igvar estaba desarmado y desnudo. Contra cualquier otro oponente, Igvar sabía que podría haber acortado la distancia sin sufrir una herida mortal, pero contra un guerrero tan diestro y veloz como Gideon no había ninguna posibilidad. —¡Gideon! —exclamó Dalenna desde el borde de la charca—. ¿Qué estás haciendo? —Quédate en el agua, Dalenna —le advirtió Igvar mientras daba pasos lentos en dirección a Gideon. Se desvió a la izquierda, pero Gideon era demasiado inteligente para tragarse un ardid tan evidente y permaneció entre él y su espada. —Lo enviaste a la muerte y ni siquiera te importó que muriera por ti —continuó Gideon. —Eso no es cierto —dijo Igvar, manteniendo un tono de voz bajo y tranquilizador mientras se acercaba. —¡Claro que sí! —En ese caso eres un maldito cobarde —soltó Igvar con la esperanza de provocar a Gideon para que cometiera un error imprudente—. Si tu sangre clamaba venganza, deberías haber venido a por mí hace mucho. En lugar de ello esperaste para cogerme desprevenido. Pensaba que eras tan valiente como Trinovantes, pero no eres ni la mitad de hombre que era él. ¡En este mismo instante te está maldiciendo desde el salón de los Huesos! —¡No pronuncies su nombre! —Grito Gideon. Igvar vio la intención de atacar en los ojos de Gideon y saltó a un lado a la vez que el espadachín arremetía contra él. La punta del acero de Gideon pasó veloz a su lado he Igvar giró sobre sus talones balanceando el puño en un mortífero golpe cruzado de derecha. Gideon esquivó la embestida He Igvar tropezó. Desequilibrado, sintió que una línea de fuego blanco le cruzaba el costado cuando la espada de Gerreon le hizo un corte en la cadera subiendo por las costillas. La sangre manó profusamente de la herida he Igvar parpadeó para librarse de las estrellas de dolor que le aparecieron detrás de los ojos. Giró y se agachó cuando la espada de Gideon se le vino encima de nuevo. La hoja pasó a menos de un dedo de derramarle las tripas en el suelo y, mientras luchaba por respirar, un repentino mareo lo hizo caer de rodillas. Dalenna comenzó a trepar para salir del agua gritando el nombre de su hermano, he Igvar se obligó a ponerse en pie aunque le costaba respirar. Gideon daba ligeros botes de un pie al otro, con un brazo levantado a su espalda y la espada extendida delante de él. Igvar cerró los puños y avanzó hacia el espadachín respirando con jadeos cortos y entrecortados. ¿Qué le estaba ocurriendo? La visión se le nubló un instante y el mundo pareció girar de manera peligrosa. Igvar comenzó a sentir un temblor en la mano, un tembleque como el que aquejaba a algunos desventurados ancianos de Reikdorf. Gideon se rió he Igvar entrecerró los ojos al ver una aceitosa capa amarilla en la hoja del espadachín. Bajó la mirada y vio un poco de la misma sustancia mezclada con la sangre que le cubría las costillas. —¿Puedes sentir el veneno haciendo efecto en tu cuerpo, Igvar? —preguntó Gideon—. Deberías. Embadurné mi acero con suficiente cantidad para matar a un millar de lobos de guerra. —Veneno... —dijo Igvar casi sin aliento. Notaba el pecho como si se lo sujetaran en el tornillo gigante del maestro Alaric—. Ya... dije... que eras... un cobarde. —Antes dejé que me provocaras, pero no volveré a cometer ese error. Los temblores de las manos de Igvar se extendieron a sus brazos y casi no podía mantenerlos quietos. Pudo sentir que lo invadía un espantoso letargo y se tambaleó hacia Gideon. Su furia le daba fuerzas. —¿Qué has hecho? —gritó Dalenna, corriendo hacia su hermano. Gideon se volvió y, usando la mano libre, le dio un golpe de revés con indiferencia que la tiró sobre la hierba recien salida de la tierra. —No me hables —contestó Gideon con brusquedad—. ¿Igvar mató a Trinovantes y tú te prostituyes con él? No eres nada para mí. Debería matarte a ti también por deshonrar a nuestro hermano. Igvar cayó de rodillas de nuevo mientras los temblores se volvían más violentos y las piernas ya no podían sostenerlo. Intentó hablar, pero la presión que sentía en el pecho era demasiado intensa y tenía los pulmones llenos de fuego. Dalenna rodó hasta ponerse en pie, su rostro era una máscara de rabia, y se lanzó contra su hermano. Los instintos de Gideon como espadachín asumieron el control y eludió el ataque de la joven con facilidad. —¡Dioses, no! —gritó Igvar cuando la espada de Gideon se hundió en el estómago de Dalenna. La hoja la atravesó y la joven cayó, arrancando la espada de manos de su hermano. Igvar se puso en pie de golpe; el dolor, la rabia y la pérdida borraron todo pensamiento salvo la venganza contra Gideon. La niebla roja del berserker descendió sobre Igvar y, al igual que antes había resistido su canto de sirena, ahora se rindió a él por completo. El dolor del costado desapareció y el fuego de sus pulmones se atenuó mientras se abalanzaba sobre el asesino de Dalenna. Cerró las manos alrededor del cuello de Gideon y apretó con todas sus fuerzas. —¡La has matado! —le espetó mientras sus ojos estaban adquiriendo un matiz dorado, al tiempo que en su espalda se formaba un aureola. Entonces con una velocidad inhumana se lanzo sobre Gideon con los dientes apretados. aquella era la tercera ves que manifestaba aquel poder, la primera ves había sido en la infancia, cuando la garra invernal se lo había arrebatado todo, la segunda contra aquel chamán ursino y ahora la volvía a manifestar. Obligó a Gideon a ponerse de rodillas. Igvar sentía cómo las fuerzas abandonaban su cuerpo mientras aquellas energías competian para luchar contra el veneno, pero sabía que aún le quedaban suficientes fuerzas para matar a este despreciable traidor. Miró a Gideon a los ojos buscando algún indicio de remordimiento por lo que había hecho, pero no había nada, sólo....... Miedo. Por un momento Igvar vio a un niño que gritaba y lloraba por el hermano que había perdido y un alma que chillaba mientras la arrastraban hacia un atroz abismo. Vio las garras afiladas de un monstruoso poder que habían logrado agarrarse al corazón de Gideon y la desesperada lucha que se libraba en el interior de su alma torturada. Algo había poseído a Gideon, algo peor que un demonio. A la vez que las manos de Igvar apretaban acabando con la vida de Gideon, vio cómo ese monstruoso poder se alzaba y reclamaba al espadachín por completo. Una espantosa luz purpura surgió tras los ojos de Gideon y una maliciosa sonrisa de radiante maldad se extendió por su rostro. ---- ¡Ah! Por fin, somos libres. Alabados sean los Vigilantes. "¿De que esta hablando?" Penso Igvar. Igvar se vio obligado a separar las manos del cuello de su enemigo mientras Gideon lo empujaba. La fuerza dorada que lo había llenado momentos antes ahora abandonó su cuerpo he Igvar se apartó tambaleándose de Gideon. Gideon o la criatura que estaba ahi se rió y arrancó su espada del cuerpo caído de su hermana mientras Igvar se alejaba de él haciendo eses. —Estás acabado, Rey Dios...... aqui acaba el camino de los chamanes de la vieja y devastada Urthistan —anunció. Su voz sugería poder—. Tú y tus sueños están muertos, Ulric. —Ulric..... Pero de que esta... hablando —susurró Igvar mientras el mundo giraba a su alrededor y caía de espaldas dentro de la charca. El agua helada se abrió paso entre la parálisis del veneno durante un brevísimo instante. Se agitó mientras se hundía bajo la superficie y el agua le llenaba la boca y los pulmones. La corriente lo atrapó y su cuerpo se retorció mientras lo llevaba río abajo. La vista de Igvar se tornó gris y lo último que vio fue a Gideon sonriéndole a través de las burbujas que se arremolinaban en la superficie del agua y antes de que lo perdiera de vista, Gideon hablo: ------ ¿Asi? Este rio lleva a las profundidades del rió helado... Asi que... Moriras congelado, despídete de la vida, Rey Dios.
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